En su país, sin documentos

(Foto: Archivo/EL UNIVERSAL)
La secundaria es el grado educativo que predomina (43.3%) entre las mujeres en prisión que desarrollan alguna actividad académica.
Según registros de la Subsecretaría de Sistema Penitenciario en porcentajes le siguen: la preparatoria (19.61%), el bachillerato (16.85%), la primaria (9.94%), la alfabetización (5.52%) y la universidad (4.83%).
La población recluida es fluctuante. A mayo del presente año se contabilizaban mil 940 mujeres. Durante 2011 hubo, en promedio, 71 ingresos diarios y 67 egresos.
Dado que los cursos de capacitación son cuatrimestrales, algunas no alcanzan a inscribirse y otras dejan de asistir, “unas porque están por obtener su libertad, otras por falta de interés”, dice Lorena Morales, jefa de la Oficina de Organización del Trabajo del Centro Femenil Santa Martha.
Las mujeres preliberadas pueden recurrir a otras opciones de reincorporación sociolaboral. La dirección de Empleo, Capacitación y Fomento Cooperativo del GDF, por ejemplo, les brinda talleres y les informa de sus programas. De 2009 a la fecha han atendido a 526 preliberados, esta cifra incluye también a la población varonil, 39 se colocaron en algún empleo.
Gerardo Romero, responsable de esta dirección, menciona que la falta de documentación es una de las principales dificultades para vincularlos al mundo laboral. Las empresas piden identificación oficial, acta de nacimiento, comprobante de domicilio y certificado de estudios.
“Es complicado, muchos no tienen credenciales. Cómo le hacemos para que obtengan esos papeles. Hay gente de provincia que cometió algún delito en la ciudad y no tiene documentos a la mano, tendría que ir a su estado pero no puede porque debe regresar a dormir”, detalla el funcionario.
Una de sus tareas consiste en sensibilizar a las empresas, mantener un diálogo social para lograr mayor vinculación y apoyo a que este sector poblacional vulnerable. “Los preliberados entran a la competencia por un puesto, tienen que pasar los exámenes y códigos de confianza que les exigen”, dice Romero quien reconoce que aún pesa mucho el estigma social. Ante este panorama, admite, la solución más sencilla para algunos es el trabajo en la informalidad.
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