Sin opciones de reinserción en la sociedad

Mujeres aprenden en la prisión algún oficio; algunas planean fundar su empresa al terminar su reclusión
Con la reproducción de figuras de diversos personajes en pasta francesa "que sus parientes venden afuera", las reclusas obtienen algún ingreso
(Foto:EL UNIVERSAL)
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Rocío Tapia
08:08
15 de julio 2012

metropoli@eluniversal.com.mx

El sistema penitenciario no da seguimiento a las mujeres que egresan. Poco se sabe de la discriminación que enfrentan a la hora de buscar trabajo, no denuncian pero el estigma social las persigue. Algunas tienen como único sustento lo aprendido en cursos y talleres de oficios de la prisión.

Alejandra, Jacinta y Elizabeth se sorprenden por la cantidad de rábanos y betabeles que surgen cuando los trasplantan. Hace más de un año que están inscritas en el proyecto Hábitat, en el Centro Femenil de Readaptación Social Santa Martha, han aprendido a sembrar y no descartan el cultivo como nueva forma de vida. Las tres confían en salir pronto, saben que sus opciones laborales afuera serán escasas, por eso piensan en la tierra como un medio de subsistencia.

Miran con orgullo su sembradío, de apenas una hectárea pero les basta para producir exitosamente legumbres y flores. Han aprendido a distinguir las plantas y la importancia de separarlas, “si no lo hacemos no crecen”, explica Alejandra, de 41 años de edad. No sabe cuántos rábanos cosechan en promedio, pero tiene una certeza: “salen un montón”, es la alumna más experimentada, a los cuatro cursos que lleva aquí suma el trabajo de cultivo que tenía afuera con su esposo: “rentábamos un terreno y aprendí a sembrar maíz y calabaza. Nunca se acaba de aprender”, comenta quien está próxima a salir.

Su rostro, como el de sus compañeras, está curtido por el sol. Pasan horas en la parcela, ubicada estratégicamente cerca de un área de comedor. Mientras unas riegan, otras quitan la mala hierba, el resultado son vegetales de alta calidad.

El instructor, Nahúm Mendoza, informa que están inscritas 16, “muchas no sabían lo que era cultivar, ahora ya obtienen semillas, no habían visto flores que les sorprende ver, como las de la lechuga”, dice este biólogo al que sus alumnas llaman cariñosamente “ingeniero”. A un año y medio de este proyecto verde se han inscrito unas 75 mujeres, cinco han egresado de esta prisión.

Oficios y recreación

Aunque no hay cursos certificados que les garantice un empleo, las internas pueden elegir alguno de los 41 cursos de capacitación. A los tradicionales, como pinturas en cuadro y decoración en pedrería, se han agregado colocación de uñas en acrílico, repujado y peluches. La idea es enseñarles técnicas para que desarrollen habilidades en la elaboración de productos. Entre los más atractivos están las figurillas de pasta francesa, con ingenio y mucho detalle, reproducen la imagen de personajes de moda.

Mil 642 internas —80% de la población— acuden a algún taller. No todas se inscriben, “el obstáculo es el recurso para adquirir sus materiales”, dice Laura Orozco, responsable del área de Capacitación para el Trabajo; sus familiares les llevan lo necesario, esto explica que la rafia sea uno de los cursos con mayor demanda, es la materia prima más barata.

Jacinta, de 42 años, estaba inscrita en cuadros con diamantina, pero prefiere las hortalizas como actividad recreativa: “me ayuda como terapia”. Dedicó gran parte de su juventud al hogar, alguna vez sembró maíz, por eso no descarta hacer su propio invernadero una vez que esté libre, “espero que pronto me vaya de aquí. Pienso que no le debo nada a nadie”.

Elizabeth le da una significación particular a su trabajo en la tierra: “uno se olvida que está aquí”. Tiene 43 años y antes fungía como asistente de médicos veterinarios. Espera el anuncio de su liberación de un momento a otro y confía en hallar un empleo vinculado a lo que hacía pero no quiere desligarse del cultivo. Mendoza Roldán asegura que este proyecto de cultivo orgánico tradicional es una opción laboral. Hace unos meses, dos de sus alumnas egresaron, “ya están fuera y me han buscando para pedirme asesoría, quieren replicarlo porque es un modelo autosustentable. Quieren saber dónde comprar semilla y fertilizante, yo con gusto les ayudo”, menciona.

Sin redes de apoyo

A diferencia de otros países, el sistema penitenciario no tiene entre sus obligaciones dar seguimiento a sus egresadas, se pierde el contacto. Por esta razón, se desconoce qué sucede con ellas en el ámbito sociolaboral. Casos aislados demuestran que algunas sobreviven con trabajos que aprendieron a hacer en los talleres. Lorena Morales Vázquez, jefa de la Oficina de Organización del Trabajo de este centro femenil, dice que no faltan quienes ponen pequeños negocios.

“Es difícil su estancia en reclusión. Algunas sufren el abandono de las parejas, más difícil aun el dejar a los hijos, sobre todo apoyar la economía del exterior. Los cursos de capacitación se enfocan a eso, a que sean productivas para que de alguna manera sus artesanías se vendan y puedan apoyar a sus familias”, explica la funcionaria, quien destaca la afectación sicológica que esto les provoca.

Hilda Téllez, directora adjunta de quejas y reclamaciones del Consejo Nacional para Prevenir la Discriminación, explica que hay una gran diferencia entre los hombres y mujeres recluidos, “cuando él está privado de su libertad la familia se mantiene más o menos cohesionada porque la mujer está afuera, pero si es al revés, él forma otra familia”. Así, cuando ella sale encuentra un entorno social y familiar adverso.

El abogado laboral Eduardo Díaz Reguera ha llevado casos que demuestran la discriminación de mujeres al buscar empleo. Recuerda a dos en particular, una era cajera de un centro comercial, un día compró un producto pero al llegar a su casa se percató que no era el indicado, al siguiente día lo cambió. Confiada en su comprobante de pago no reparó en pasar la nueva mercancía por el sensor de precios, por este hecho la acusaron de robo. Se le llevó a proceso penal, al finalizarlo no pudo regresar al trabajo ni conseguir otro.

Otro más. Una joven trabajaba en una farmacia y era acosada por el dueño. En cierta ocasión él intentó propasarse, le rasgó la ropa, ella corrió a la calle y el hombre llamó a la policía, ante ellos reconoció que le rompió la bata pero dijo que fue por buscar un producto que ella llevaba escondido. Como la víctima ya había reportado el hostigamiento fue fácil comprobar su inocencia pero el trance penal le obstaculizó encontrar empleo. Al final, optó por abrir un modesto puesto de comida para sostenerse.

Vencer estigmas

Las mujeres sufren una discriminación social importante, “desde las autoridades hasta la propia familia. En las penitenciarías varoniles se pueden ver largas filas durante los días de visita. Las mujeres son menos visitadas. No sólo es el castigo de estar en prisión también hay una sanción social y eso las marca completamente”, afirma la funcionaria del Conapred.

A Hilda Téllez le cuesta explicar por qué no hay denuncias de discriminación laboral por ser egresadas de prisión. Es una especie de autosanción, “sienten temor a ser doblemente discriminadas. Es como decir: ‘ya estuve privada de mi libertad, no encuentro trabajo pero no me atrevo a denunciar’ o ‘cometí un delito, merecido lo tengo, ahora no me voy a quejar si no encuentro empleo”, argumenta.

Para Díaz Reguera, el simple hecho de haber pisado la prisión, aunque haya sido por corto tiempo, les cierra automáticamente las puertas a un empleo, las estigmatiza. Ambos coinciden en que no hay verdadera reinserción social y que el reto del sistema penitenciario está en lograr una capacitación que les permita desarrollar proyectos de vida externa.

“No hay un mecanismo de reincorporación a la sociedad ni para que tengan herramientas para poder salir y sostenerse. Los talleres que hay son para desarrollar habilidades muy manuales, nada que pueda resolver realmente la economía de estas mujeres”, precisa Téllez Lino.

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