"Viaje sin retorno", el recorrido de familiarización con nueva línea 12

Cuando llegó Marcelo Ebrard, a las 8:35 de la mañana lluviosa de ayer, fue como si las compuertas de una presa se hubieran abierto. A pesar de ser domingo, la gente, convertida en multitud ansiosa por estrenar la línea 12 del Metro, inundó la estación Periférico Oriente tras el paso del jefe de gobierno del DF y su esposa Rosalinda Bueso, en el primero de los llamados "viajes de familiarización? con la ?Línea del Bicentenario"
En agosto de ese año, en la estación Balderas los usuarios hacían fila para estrenar las instalaciones; un trabajador les daba indicaciones antes de entrar
(Foto: Archivo / El Universal)
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Rafael Montes
18 de junio 2012

Cuando llegó Marcelo Ebrard, a las 8:35 de la mañana lluviosa de ayer, fue como si las compuertas de una presa se hubieran abierto. A pesar de ser domingo, la gente, convertida en multitud ansiosa por estrenar la línea 12 del Metro, inundó la estación Periférico Oriente tras el paso del jefe de gobierno del DF y su esposa Rosalinda Bueso, en el primero de los llamados “viajes de familiarización” con la “Línea del Bicentenario”.

Pero a Ebrard y su esposa la escalera eléctrica les falló a la mitad y tuvieron que subir caminando. El tumulto los arrastró hasta el tren, el primero de la nueva línea que, al fin, sería abordado por los capitalinos, para viajar hacia Mixcoac. Al momento de entrar, una ola de vítores que gritaban su nombre “¡Maar-ce-loo-Maar-ce-loo!”, los recibió y los aplastó con solicitudes de abrazos y de fotografías.

Lento, el tren avanzó a menos de 30 kilómetros por hora. En cada estación a la que llegaba el operador anunciaba el nombre de ésta. Y los pasajeros, vestidos con gorras y playeras que mostraban la leyenda “Usuario No. 1”, aplaudían. Era un día de fiesta. Eran las 9 de la mañana de un domingo y parecía “hora pico”. El tren en el que viajó Ebrard iba a reventar.

Los pasajeros, burócratas y beneficiarios de programas sociales en su mayoría, se congratulaban de viajar en el mismo vagón que Ebrard. Y le agradecían y le felicitaban. Otros, teléfono celular o cámara en mano, grababan cada detalle del día histórico, el día en que las puertas de la línea 12 del Metro se abrieron al público.

Fue como el día de la no-inauguración. Porque a pesar de que la línea 12 aún no está lista, los recorridos ya son una realidad, para que los futuros usuarios conozcan las paradas, ubiquen los transbordos y estudien la ruta. Para que los potenciales pasajeros empiecen a ponerle color a la construcción inconclusa que todavía parece sin vida, en obra negra. “¿Ya viste que estos vagones son más anchos que los otros?”, preguntó Marcelo a uno de los pasajeros que lo miraba asombrado.

Con ese fin, sólo se abrieron las estaciones Periférico Oriente, Eje Central y Mixcoac, las cuales, aunque todavía les faltan detalles de acabados y de instalación de escaleras eléctricas, pudieron ser visitadas por los capitalinos. En las otras, los trabajadores, de casco y chalecos anaranjados, todavía se pasean revisando instalaciones y al momento en que los trenes pasan llenos de gente, sólo sonríen y levantan la mano para saludar ante los aplausos de los pasajeros alegres por el viaje gratuito.

A otro pasajero, Ebrard, acompañado del director del Metro, Francisco Bojórquez, le dijo que cada domingo se irían abriendo tres estaciones para que los capitalinos pudieran ir conociendo poco apoco las 20 paradas que la Línea Dorada hace en 25.6 kilómetros de longitud.

Pero no todo fue celebración. Además de que en el aire quedó la pregunta de cuándo estará lista, formulada a Ebrard en repetidas ocasiones y a lo que respondía que después de la elección, los que estrenaron la línea 12 se quejaron de la falta de información para el recorrido de Mixcoac a Tláhuac, en el que ya no viajó el jefe de gobierno y en el que no hubo paradas en Eje Central y Periférico Oriente.

Una jovencita claustrofóbica entró en crisis en Tláhuac. Suplicó a un trabajador que le dejara salir, que le ayudara. Porque la desesperante velocidad de los trenes, la hartó y porque en la estación terminal los pasajeros no podían salir a la calle, ni entrar a un baño, ni quejarse.

Al abordar en Mixcoac, la joven empleada del DIF-DF que acudió al evento, pensó que podría bajarse en las dos estaciones que supuestamente estaban habilitadas, pero no, el tren se siguió hasta la terminal sin escalas. Aunque sí avisaron, la gente no lo creía. Suponía que sí se abrirían las puertas a la mitad del camino. Marcelo bajó en Mixcoac, después de repartir besos y abrazos.

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