Como si los chorros fueran olas

rafael.montes@eluniversal.com.mx
Extendieron sus toallas en el piso caliente de la explanada del Monumento a la Revolución y presurosos, decididos, se lanzaron contra la cortina de agua que brotaba del suelo.
Mamás, papás y niños por igual se sacaron los zapatos y los calcetines y los amontonaron a un lado de sus mochilas, en donde guardaban la ropa seca para después. Muchos llevaron sandalias y trajes de baño. Como si estuvieran en la playa.
Era el mediodía del Sábado de Gloria y esa tradición antigua de empaparse en las calles a cubetadas tenía que encontrar una manera de sobrevivir en una ciudad en donde desperdiciar el agua ya está penalizado, con hasta dos mil 493 pesos o arrestos de 25 a 36 horas.
“Esperábamos un año para que llegara ese día y nunca lo dejábamos pasar”, recuerda Oscar Ruiz, quien creció con esa costumbre.
“De chiquillo uno no tenía conciencia que en el futuro nos iba a faltar el agua, pero uno crece y piensa más y nos volvemos conscientes de que el agua se nos va a acabar”, cuenta el señor Arturo Gaspar, con el torso desnudo, mientras espera a secarse después del chapuzón en las fuentes de la Plaza de la República, a las que incluso llevó a una nieta de apenas ocho meses de edad.
“Fueron a comprar un garrafón de agua purificada para bañarla después de que se mojó con el agua de las fuentes”, explica Gaspar.
Hace algunos años, como parte de la remodelación de la Plaza, se colocó una batería de fuentes danzantes más por esteticismo que por atracción popular, “pero el ingenio del mexicano lo convirtió en un balneario”, comenta la señora Ruiz. Y sí, el Monumento a la Revolución se convirtió en un balneario popular. A las 12 del día la explanada estaba a reventar. De entre los chorros de agua escapaban los alaridos, como si la frecuencia de los chorros emulara la intermitencia de las olas reales.
Las abuelitas se acercaron sólo a la orilla para no mojarse tanto. Y mientras los muchachos gozaban de su playa improvisada, las mamás se apresuraban a preparar tortas de jamón, bajo la sombra de un árbol. No eran necearios ni la arena, ni los cocos, ni los camastros.
Llegaron de Azcapotzalco, de Ecatepec, de Naucalpan, de Gustavo A. Madero y se tumbaron para asolearse, para imaginar que más allá de las palmeras de esas calles, suena un mar que viene y va.
Cuando unos se van, otros apenas llegan y con toalla en mano preguntan: “¿está muy fría el agua?”
Entérate de lo que sucede en la gran ciudad, síguenos también en Twitter y YouTube.
























































