"He visto de todo y los muertos siguen doliendo"

(Foto: Roberto Armocida/EL UNIVERSAL)
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A sus 66 años, Trinidad Corrales ha visto más sangre que cualquier capitalino promedio en toda su vida. En un día común puede encontrarse con alguien con las vísceras de fuera, tratando desesperadamente de regresar sus órganos al cuerpo, o con jóvenes que pierden brazos o piernas de tajo en un accidente en auto.
Cinco noches a la semana, esta mujer de estatura baja, piel blanca y voz dulce comparte su vida con cuerpos dolientes, heridos de muerte y con los casos más graves de traumatismo, de quienes llegan aferrados a la vida a la sala de Urgencias del hospital General Xoco, donde Trinidad cumplió 50 años trabajando como enfermera.
“He visto de todo y los muertos siguen doliendo. Nunca es fácil atender a alguien y luego saber que murió en el quirófano o esperando un milagro, pero uno trata de hacer esto con el mayor profesionalismo posible”, cuenta Trini, quien ayer recibió un homenaje pues, al igual que el hospital, cumplió medio siglo de labores.
Ingresó a trabajar ahí el 1 de enero de 1962, cuando los edificios de Xoco eran de un piso, con menos camas y menos tecnología con la que cuenta ahora. En sus primeros días ni siquiera tocó una jeringa; se dedicaba a limpiar, trapear y acomodar todo lo que le pedían los médicos, quienes en ese entonces veían con recelo a cualquier mujer en bata blanca. Después, su amor por la enfermería la hizo indispensable en el hospital.
Su aspecto suave contrasta con las historias que inusualmente platicaría una abuela: “La primera vez que me pasaron a terapia intensiva tuve un paciente descerebrado (sic). Fue atropellado, muy grave, lo operaron, pero no sobrevivió porque se le estaba saliendo el cerebro. Fue muy fuerte para mí porque era mi primer caso... yo tenía 16 años”.
Esa ocasión, recuerda, le lloró todo el día al paciente muerto, el primero de muchos que en cinco décadas vería llegar en camillas y luego partir en ataúdes.
Y aunque cada vez se ha vuelto más fuerte, aún se le quiebra la voz cuando recuerda a sus muertos del turno nocturno —en el que trabaja—, sobre todo los jóvenes que llegan hechos un amasijo de sangre y piel tras estrellarse a toda velocidad y bajo los efectos del alcohol.
“Esos me duelen más porque apenas empiezan a vivir y es muy triste que un joven fallezca por un accidente”, cuenta. “Me duele mucho porque yo tengo nietos y hasta me pongo a llorar”.
Pese a esos sufrimientos, la enfermera quincuagenaria ama su trabajo. Dejó hace años Terapia Intensiva y ahora se mueve por los pasillos del área de Cirugía Plástica y Reconstructiva, donde ayuda a rehacer los cuerpos de quienes sí sobrevivieron. Esa, dice, es una gran motivación.
“Cumplo 50 años con mucho orgullo, con mucha emoción porque mis compañeras, el hospital, los doctores, los pacientes me apoyaron mucho.... y pienso seguir trabajando”, dice Trini, mientras cuida que su cofia, impecablemente blanca, luzca derecha y orgullosa, como ella con el reconocimiento a su trayectoria en sus manos.
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