Jonathan, nueve caídas en la hielopista... pero no se rinde

(Foto: Alma Rodríguez/EL UNIVERSAL)
Un golpe seco se escucha en la pista. Es el sonido de su nuca contra el hielo y luego el de todo su cuerpo fulminado por la gravedad. Y Jonathan, de 17 años, se queda tendido boca arriba mientras piensa “¡carajo, casi doy la vuelta sin caerme!”.
De inmediato, cuatro monitores de la pista de hielo del Zócalo capitalino lo rodean, le preguntan si está bien después de semejante golpazo y lo levantan entre todos. Apenas lleva un segundo erguido cuando cae por segunda vez. Ahora de frente.
En vista de su destreza, los monitores lo regresan a la orilla de la pista. Pero este joven, que nunca antes había patinado en hielo, está decidido a lograr —al menos— dar una vuelta por sí mismo.
Se limpia el sudor que le escurre desde el forro de la gorra, aprieta su escapulario de San Judas Tadeo, suelta de la orilla y se desliza.
Dos metros adelante ¡bam! azota por tercera vez. Experto, ahora sí logra meter las manos.
“¡Ay Jonathan, te vas a matar!”, dice su madre, preocupada, quien lo acompañó hasta el área de préstamo de patines en el Zócalo.
Desconcertado, sale de la pista y se sienta en una banca, contrariado. Su mamá respira aliviada, pero el estudiante de preparatoria no permitirá que tres caídas, por dolorosas que parezcan, le quiten un anhelo de dos años y para el cual se formó tres horas el pasado viernes: deslizarse en hielo sin ayuda de alguien.
Así que pide que le aten más fuerte las agujetas de los patines número 10, que cambió por sus tenis número 9, y entra a la pista por segunda vez.
Se desliza 5 metros y el cuerpo se va hacia adelante; agita los brazos y se va hacia atrás; luego avienta sus 56 kilos al frente y, después de 6 largos segundos, se equilibra. Sonríe. Ha logrado no caerse... y en el octavo segundo, se desploma como jalado por un hilo.
“¡Van cuatro, no manches!”, grita una señora desde la grada ubicada frente a las oficinas del Gobierno de Distrito Federal. Sin saberlo, Jonathan ha borrado a decenas de patinadores; tiene la atención de todos, tanto por sus caídas como por su playera amarilla fosforescente.
Con cada avance, en las gradas hay sonrisas; con cada intento de recuperar el equilibrio, expresiones de tensión; con cada caída, risas y un conteo. Van cinco, seis, siete, ocho veces que Jonathan se estrella contra el hielo.
Pero lo chusco rápidamente se convierte en admiración. Aunque lleva ocho caídas, en menos de dos vueltas, Jonathan no se rinde y se levanta más determinado que la caída anterior.
“Es como si con cada caída agarrara más fuerza”, dice otra espectadora, que pasó de burlona a admiradora del joven, a quien hasta guapo lo ve después del esfuerzo.
Pero una vez en el altavoz le indica a Jonathan que se le acabaron sus 45 minutos en el hielo, donde sumó nueve caídas… y ninguna vuelta por sí mismo.
“No importa, estuvo chido, yo regreso hasta que lo haga bien. Lo prometo”, asegura el joven, empapado en sudor, quien pese a todo sale con una sonrisa. “Así es él: necio hasta que consigue lo que quiere”, dice la mamá de Jonathan, quien no cosechó un triunfo en la pista, pero sí admiradores en las gradas.
Por ahora, el reto de dar una vuelta sin caerse en la pista de hielo tendrá que esperar hasta que se recupere de ese tobillo derecho que lo hace cojear hasta su casa. Luego, regresará por esa promesa que dejó en el Zócalo.
Entérate de lo que sucede en la gran ciudad, síguenos también en Twitter y YouTube.























































