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Los fantasmas del Regis

Entre los fantasmas que huyeron de la catástrofe del 19 de septiembre y la fuerza indomable de ocho grados, Richter, se cuentan María Félix, Jorge Negrete, Pedro Vargas
Diversos sitios de la ciudad quedaron irreconocibles tras los dos sismos ocurridos en septiembre de 1985
(Foto: Archivo / El Universal)
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Rafael Pérez Gay
19 de septiembre 2011

En otra página he escrito que somos las ciudades que hemos perdido. Una de ellas se perdió la mañana del 19 de septiembre de 1985. Algo de esa ciudad de polvo y muerte, fantasmas y edificios derruidos nos espera en algún lugar de la memoria. De todas las estampas trágicas del terremoto, la del Regis congrega como ninguna otra el final de una ciudad.

Un símbolo del Porfiriato, inaugurado en 1910 durante las fiestas del Centenario, en ese edificio estuvieron las oficinas del periódico El Imparcial que fundó Rafael Reyes Espíndola. Ahí empezó una época del periodismo mexicano. Años después se convirtió en hotel. En el año convulso de 1928, en uno de sus salones, Plutarco Elías Calles tensó lo hilos para que de ese sitio saliera Emilio Portes Gil como presidente interino de México.

Aquella reunión fue un vaticinio, el Regis se convirtió en símbolo de la ciudad después de la guerra civil, un mundo hechizado por la fama, el éxito.

Entre los fantasmas que huyeron de la catástrofe del 19 de septiembre y la fuerza indomable de ocho grados, Richter, se cuentan María Félix, Jorge Negrete, Pedro Vargas.

Mis padres me contaron que en El Capri, un centro nocturno adosado a la magia del Regis, Agustín Lara le cantaba en las noches al olvido y al dolor. Un trozo del modernismo se esfumó entre las luces rojas de ese cabaret cuando el Flaco de Oro lograba raras metáforas sobre el amor perdido. Si alguien me preguntara por un emblema de la ciudad de mi infancia, contestaría sin dudar que la marquesina donde aparecía el nombre Olga Guillot. La voz que nos torturó con el quiebre de sus emociones era una eternidad en el pabellón de El Capri. Los cronistas de la época nos han heredado la imagen, no sé si cierta, de Carlos Fuentes y Octavio Paz sentados en la cafetería de la Farmacia Regis, frente a la avenida Juárez, el Hotel del Prado.

Estuve frente a los derribos del Regis la mañana del 20 de septiembre, una ciudad y su memoria se desvanecían para siempre. Recuerdo el extraño orden de los escombros, como si el director de producción de una película hubiera depositado las letras del Regis entre los restos del edificio. Más tarde quise caminar por San Juan de Letrán, pero el Ejército había cerrado la calle. Miré en dirección de Salto del Agua, el polvo volvía imposible la visión. ¿Qué era ahí?, una pregunta que nos hicimos todos los habitantes de la ciudad de México el jueves 19 y el viernes 20 de septiembre de 1985.

Entre Francisco y Madero y 16 de septiembre, la construcción que un día fue el antiguo Convento de San Francisco perdió la estructura, sólo quedó en pie una crujía delantera que se construyó sobre una capilla del siglo XVIII, como cuando el pasado juzga a su futuro.

La noche anterior, horas después del terremoto, caminé por las calles oscuras de la colonia Roma y entre los jirones al aire de los edificios derruidos. Recuerdo que tardé unos segundos en reconocer que estaba frente a los escombros del Multifamiliar Juárez, la obra que levantó Mario Pani en 1952. Ahí estaba, regado en el piso, el sueño funcionalista de la ciudad, un sueño roto, quebrado. Más adelante, el Hospital General en ruinas.

Sin referencias urbanas, pasé frente a los Televiteatros (hoy Centro Cultural Telmex) sin darme cuenta de que habían desaparecido. El sismo se llevó una parte de la colonia Roma que conocimos, no la más antigua, porfiriana, de casas art déco y construcciones estilo californiano, sino la otra, la de los edificios que tomaron el lugar de las viejas edificaciones del siglo XX que subía el telón y se abría paso hacia el futuro.

La noche del sismo en las calles se respiraba gas, la garganta picaba, los ojos ardían. Se sabía que en el estadio de béisbol del Seguro Social (hoy un gran centro comercial) se apilaban los cadáveres y se ordenaban los cuerpos para su reconocimiento.

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