Modernidad y tradición cohabitan en el Centro

(Foto: Especial)
A los 65 años, don Justino sólo compra sombreros marca Tardán. Los grandes almacenes y nuevas tiendas departamentales no le atraen; él prefiere esa vieja sombrerería en el número siete de los portales del Zócalo, que este año cumplió 164 años de vida.
“Aquí compraba mi papá y mis tíos. Si ha sobrevivido es por clientes fieles como yo”, cuenta un vecino de la Plaza Santo Domingo, quien desde su casa ha vivido la transformación comercial del Centro Histórico.
Con sus manos arrugadas sobre la frente, recuerda el paso de caballos por su colonia, que abastecían de mercancía a tlapalerías, zapaterías, y otros comercios pequeños, que han cedido su paso a modernos negocios.
Tan radical ha sido el “boom” comercial, que hoy el Centro tiene 24 mil 650 establecimientos, de los cuales sólo 36 tienen más de un siglo.
Unos están en peligro de desaparecer, como la vieja librería Madero, en el corredor peatonal que lleva su nombre, que cada día es asfixiada por dos sucursales de grandes librerías.
Otros sobreviven a la modernidad, como el negocio más longevo de la zona: la Mercería del Refugio, ubicada en Venustiano Carranza 109, que desde 1826 está abierta, de acuerdo con la Guía de Comercios Centenarios del Centro Histórico.
Y los nuevos adaptan sus vitrinas a las fachadas clásicas de la Ciudad de los Palacios, como los cerca de 18 establecimientos extranjeros y nuevos que se han apostado a lo largo de las aceras de la calle 5 de Mayo.
Precios en euros
Ahí, nuevos visitantes que descubren al Centro como un punto comercial gastan su dinero en productos cuyos precios ya se cotizan en pesos y euros.
“El Centro Histórico es una zona comercial muy compleja. No se ha excluido a nadie, es un espacio plural de comercio”, afirma Inti Muñoz, director del Fideicomiso del Centro Histórico.
Tan diverso, que hasta las nuevas cadenas comerciales han encontrado el modo de convivir con las más de 40 calles con vocación comercial específica, que se crearon desde 1683, cuando los joyeros hicieron de la calle Plateros —hoy Madero— su punto de reunión.
Ahí está la gran tienda departamental en 20 de Noviembre, junto a pequeños comercios que venden vestidos de noche; el local que oferta guitarras michoacanas en Bolívar, frente a otro que vende instrumentos musicales con fotografías de estrellas de rock; las ópticas familiares contra las grandes cadenas en Madero.
Preguntas como “¿cuál es la calle de las secadoras?” o “¿dónde están los peluches?”, aún son respondidas hasta 20 veces al día por el oficial Raymundo Torres, quien ya aprendió a hablar un poco de inglés.
Y es que la tradición es el atractivo principal para los nuevos turistas que llegan al Centro Histórico, en su mayoría jóvenes de ingresos medios con intereses culturales.
“Los turistas vienen buscando lo cultural, lo auténtico, los viejos barrios, se interesan más por la comida de las fondas. La gente viene a buscar aquí la ciudad en su raíz”, asegura Muñoz.
Atracciones
Como Sasha, una brasileña atea cuyo mayor interés en el Centro es la Catedral Metropolitana, atracción turística número uno de la zona, de acuerdo con un estudio del Programa Universitario de Estudios sobre la ciudad.
“¿Para qué visitas el DF si no ves la Catedral?”, pregunta la joven de 25 años en un español aportuguesado, luego de comer mole en una fonda y sentir que el estómago le va a estallar.
Como la mayoría de los visitantes, viene con poco dinero —en promedio, 15 dólares por día— y aprovecha hostales, museos gratuitos, iglesias y pulseras tejidas por huicholes.
Lo nuevo, dice, le causa poca impresión. Ha visto esos mismos negocios atiborrados en Nueva York y París; lo que ella y sus amigos buscan es la vida cultural y nocturna, que hoy se vive en calles como República de Cuba, con sus decenas de bares de moda.
“Es una zona que está entre la modernidad y la tradición; tiene un dinamismo que hace que coexistan” —asegura el funcionario capitalino—. Está viva con 2 millones de visitantes diarios, que la convierten en un polo comercial y turístico para todos”.
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