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Mil mujeres sin prestaciones barren de noches las calles

Desde 1988 un ejército femenino toma las escobas y limpia la ciudad
Un supervisor de barrenderas dice que se prefiere a inmigrantes, madres solteras y con mucha fuerza en el cuerpo; sostiene que esas son las mujeres más capacitadas para entregar buenos resultados al amanecer. (Foto:Valente Rosas/EL UNIVERSAL)
27 de diciembre 2010
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Linaloe R. Flores
27 de diciembre 2010

Hace 22 años, el negocio de la basura estuvo a punto de explotar. Un programa gestado en la regencia capitalina intentó modernizar el servicio de limpia y determinó que la ciudad debía ser barrida de noche. Lo harían mujeres. Hoy, este sector laboral, integrado por más de mil trabajadoras, es el eslabón más invisible en el ciclo de la basura. Subsiste sin prestaciones laborales ni seguro de vida ante un abanico de riesgos.

Entre el frío y el ritmo

Ha caído la noche sobre sus espaldas. Todavía le faltan esos dos kilómetros que sobre Bolívar desembocan más allá de la avenida Izazaga. La persigue una tribu de moscas. Al rozar la escobilla de paja con el pavimento logra un ritmo. Cada vez más lento. Ha cumplido seis horas de barrer.

María Félix inaugura su segundo turno a la sombra del helado templo de Regina. Los rigores del invierno obligan a templar el cuerpo. Y los del cansancio. Hoy más que nunca necesita ese frasco de 600 mililitros de Coca-Cola con un par de aspirinas. En la Roma o en la Del Valle, esa combinación también la beben otras trabajadoras de limpia. María Félix dice que el remedio, envuelto en rumor, le llegó de aquella zona. “Para aguantar, la Coca. Ponle las aspirinas para que no te duermas. Verás qué bonito levantón”.

Empieza la madrugada. María, con dos años en el oficio, anuncia que está por llegarle un temblor en manos y piernas. Sabe bien que ese estado durará algunas horas. Después, vendrá la fuerza. Y el verdadero enemigo, el sueño, no la vencerá. “Da un montón de miedo dar el azotón sobre la calle porque por aquí pasa mucho borracho y mentira que la ven a una. Imagínese que uno se caiga dormida”. Cuando habla se señala el uniforme anaranjado. El que la Secretaría de Obras y Servicios (SOS) del Gobierno del Distrito Federal (GDF) indica que es visible a un kilómetro de distancia.

Está convencida de que requiere hacer esos dos turnos que van de las seis a las 12, y de las doce al amanecer. Un turno en el barrido de noche en el DF es pagado en mil 664 pesos. Es la tabulación de la empresa León que desde hace dos años tiene la licitación del Dirección General de Servicios Urbanos (DGSU), instancia de la SOS para limpiar la ciudad de México.

María Félix es una de las mil 200 trabajadoras que barren de noche.

Nuestro barrido

Barrer de noche es la actividad mediante la cual cientos de mujeres llevan por delante los residuos sólidos de la vía pública hasta arrastrarlos a los camiones de volteo. La luna, las estrellas y el frío son los testigos. En 15 horas se barren mil 700 kilómetros, de acuerdo con la DGSU.

La basura va a parar a las estaciones de transferencia distribuidas en las delegaciones Álvaro Obregón, Azcapotzalco, Central de Abasto, Coyoacán, Cuauhtémoc, Gustavo A. Madero, Miguel Hidalgo y Venustiano Carranza.

Es el primer eslabón en la cadena de la basura. Se realiza así desde 1988. Hace dos décadas, el proceso de la basura estuvo a punto de explotar. El asimétrico reparto de funciones no daba más de sí.

Los pesimistas auguraban un baño de sangre de continuar los tiraderos.

Hasta el año 1982, según el investigador de la UNAM, Héctor Castillo Berthier, el acaparamiento de la basura dependió de un solo hombre: Rafael Gutiérrez Moreno.

Meyehualco, Santa Fe y el Cerro de la Estrella fueron sus territorios. En 1983 el liderazgo se ramificó. Surgieron otros cinco basureros: San Lorenzo en Milpa Alta, Xochiaca en Vaso de Texcoco, Santa Catarina en la carretera a Puebla, el del Desierto de los Leones y otro en Santa Cruz Meyehualco. Y se erigieron otros cinco líderes: El Dientón, Lauro, doña Berta, El Varelas y El Varo.

En la regencia de Ramón Aguirre (1982-1988) fue creada la DGSU, de la que se desprendió la Dirección de Limpia. Había que acabar con los tiraderos y sus caciques. Se empezó de cero. Y se logró. El último basurero fue clausurado en 1998. Sin motines ni violencia.

Esa dirección se había propuesto algo más. Al oficio de barrer se le debía dar valor. Entonces, prometió que ya no habría trabajadores de tercera. La basura se recogería en paz.

Por la mañana, los empleados de limpia irían a las casas particulares, así como a las empresas. Pero lo que es barrer, se haría de noche.

Al diseñarse el perfil de puesto para el barrendero nocturno, se pensó en los hombres. Pero el fantasma del alcoholismo predominó en el ambiente. Y con él, las ausencias. “No era una actividad valorizada de modo que podía ocurrir lo que fuera. El empleado varón era muy irregular”, relata Jorge Sánchez, el ingeniero que estuvo a cargo de aquella Dirección de Limpia.

“Y se pensó que la actividad la podían realizar las mujeres”, aseguró.

Veintidós años después, la estampa está deformada. El primer eslabón del proceso de la basura no ha alcanzado ningún beneficio laboral. No tiene prestaciones, ni seguros de vida; puede morir atropellado, lo amenazan las ofensas de los transeúntes, barre con hambre, toma Coca-Cola y aspirinas para resistir el cansancio, es castigado con las zonas más inseguras de la ciudad si llega tarde, está a temperaturas de cero grados y siempre tiene la noche a cuestas.

Aquel perfil de puesto, pensado hace dos décadas, persiste. Un supervisor dice que se prefiere a inmigrantes, madres solteras y con mucha fuerza en el cuerpo. Sostiene que esas son las mujeres más capacitadas para entregar buenos resultados al amanecer.

En diciembre de 2010, permanecer de pie, no quejarse, ser puntual y entregar calles limpísimas son condiciones imprescindibles. “Y todo puede pasar. Incluso ahora”, dice el ingeniero Jorge Sánchez, quien estuviera a cargo del diseño del barrido nocturno y hoy es uno de los observadores del proceso de la basura.

Los riesgos de barrer

Después de barrer metros y metros de calle con la luna como testigo, no hay a dónde ir al baño. Las barrenderas de la ciudad de México asumen la justificación de los supervisores. “Si vamos a trabajar, no hay que beber muchos líquidos”. Es mejor no arriesgar. Porque, pedir permiso en un bar, a las dos de la madrugada, con el uniforme anaranjado, puede ser temerario.

“A nosotros nos confunden mucho. Viera cómo nos confunden. Dicen que una va a entrar por un rapidín. Ya tiene una suficiente con los que nos pasan y gritan, puta, puta. Quesque éramos nosotros Winnie Pú, unas winnies putas, por el uniforme anaranjado”, explica Rosa. “Hay que cuidarse una”, dice mientras cruza la calle de Regina. Y su voz forma un eco en la penumbra.

Conforme la noche avanza, el abanico de riesgos se abre. A las dos de la madrugada, la soledad de la calle Jesús María se ve rota por un contingente de ratas. Un pequeño resplandor de una lámpara de mano ilumina el escenario. Entre las tinieblas, las ratas se abalanzan sobre la basura y se resbalan sobre un fondo gelatinoso. Empujar a la basura con ratas hacia el camión de volteo es un áspero final de trayecto.

A las dos mujeres también las persiguen moscas. Y estas son las que molestan. “A las ratas las golpeamos con la escoba, y listo. Pero qué hace una. Esta es la basura y es la misma donde quiera. Trae ratas y moscas dondequiera”, externa una de las mujeres.

Su tono de resignación se aleja de lo que la Secretaría de Medio Ambiente y Recursos Naturales informó en un estudio sobre la situación ambiental de México este año. “Una mordida de rata de basurero puede provocar peste bubónica y leptospirosis. Los síntomas de la última enfermedad son fiebre, dolor de cabeza severo, frialdad y diarrea. Si la enfermedad no se trata, el paciente puede desarrollar daños en riñón”.

Sobre las moscas, el mismo estudio señala que genera fiebre tifoidea, salmonelosis, cólera y disentería.

El guión de la basura no se escribe sin la fatiga. Es justo el cansancio el último obstáculo en el barrido nocturno.

La Organización Mundial de la Salud recomienda que un individuo no debe barrer más de dos kilómetros. Pero en diciembre de 2010 diez mujeres barrían los límites de la pista de hielo en el Zócalo capitalino en un segundo horario. Cada una había completado cinco kilómetros al concluir la jornada.

La invisibilidad

Hubo una fiesta en el verano de 2010. Asistió el jefe de gobierno, Marcelo Ebrard. Amenizó Yaguarú, Rayito colombiano, La Emboscada, Sexy Cumbia y Carro Show. Fue en la plaza de Toros. El baile no cesó hasta el oscurecer. Es que el 5 de agosto es día del trabajador de limpia. Las mujeres que barren de noche no fueron invitadas.

Aquella tarde sólo ingresaron al baile los trabajadores sindicalizados.

Esta es la tierra donde ni siquiera hay un nombre para llamarse. “Pues somos trabajadoras de limpia. Pero no. Esas son las de la mañana”. Barrenderas, se oye feo. ¿Recolectoras? No, ps tampoco. Le digo que aquí la onda es barrer y no andarse preguntando uno nada. Si empiezas a preguntarte, te das en la torre tú mismita, no, pá qué”, dice alguien mientras se va hacia el Zócalo.

Es como si al barrer de noche llegara la invisibilidad. De día es diferente. Diez mil trabajadores agrupados en el Sindicato Único de Trabajadores de Limpia y bajo el mando de las delegaciones realizan la recolección.

Van con carritos de mano con base de ruedas y recogedor de pala. Cuentan con las prestaciones que otorga la Ley Federal del Trabajo para jornadas de ocho horas.

De noche, los derechos se pierden.

Aun con dos décadas de historia, este oficio no ha sido legislado. Ni siquiera ha alcanzado una mención en los últimos diez años en los informes anuales de la DGSU entregados a la Asamblea Legislativa del Distrito Federal.

“El barrido se hace de noche para no entorpecer las actividades”, es una frase socorrida. Nada más.

Esta actividad no es la misma en otras ciudades del mundo.

Las asociaciones International Solid Waste Association y Clean World International reconocieron este año a Minas Gerais en Brasil, Cuenca en Ecuador y Medellín en Colombia como modelos de barrido nocturno.

El factor denominador fue que los trabajadores aman su labor. Por ejemplo, En Minas Gerais, los barrenderos cuentan con un coro. Uno famoso. Y con cierto orgullo, durante sus presentaciones, dicen: “Este es el coro de los barrenderos nocturnos”.

En la ciudad de México, al barrer de noche se coexiste, más que se convive. Aquí no se forman grupos. No se organizan fiestas. Ni se hacen amigas. Si alguien dice algo, susurra.

“No hablamos entre nosotras. No nos hacemos comadres. Pero una se imagina que la otra andará igual que una. Con hijos o hasta nietos. Y uno se imagina que aquí la onda es barrer, barrer”, describe Griselda.

Pese a todo aquí se ha formado un universo. La ciudad se convierte en campo de trabajo. Y a barrer de noche se llega con un arreglo meticuloso.

Casi todas llevan delineador y sombra azul o verde en el párpado. Rímel bien repartido. Son ojos arreglados que miran fijo. También las manos relucen. Algunas tienen uñas postizas con decoraciones de una gama de figuras. “Hay que estar listas para lo que sea. Entre más bonitas, mejor ¿o no?”.

Lo dice Griselda Vázquez y habrá que creerle. La castigaron con el barrio de Tepito. Ese destino le llegó por acudir a la procesión de la virgen de Guadalupe. “Allá arriba está el que reparte”, dice con ánimo y una sonrisa roja. Su pedazo de ciudad es la Alameda.

“Y esa esquina con Juárez es la difícil. Los que no alcanzan cuarto en el hotel que está ahí, se quedan en la banqueta. Y por ahí debo pasar yo con mi escoba. Hoy me hicieron un favor”.

De noche no hay dinero

En la zona metropolitana el proceso de recolección de basura genera un monto de 58 millones de pesos, según un cálculo de la Secretaría del Medio Ambiente y el consultor Jorge Sánchez.

Cada uno de los cuatro millones de domicilios censados da dos pesos a quien recoge la basura.

La misma multiplicación realizada con los comercios genera 50 millones más. Este pastel se reparte para los trabajadores de la mañana.

Pero la noche trae otro tesoro. Uno de latas, cartón y vidrio.

Del total de la basura en el Distrito Federal, el 14 por ciento es cartón y productos de papel; 6 por ciento es vidrio y el 3, de metales, según la SOS.

Habrá que rescatar lo que sirva. Ir atenta a lo que la escoba mueve. Después, una vez ganado el material, venderlo en los centros de acopio.

Allá también se encuentra competencia. Llegan con sus latas los voluntarios de los camiones de volteo.

Se cree que en esos vehículos va por lo menos uno; de modo que habrá dos mil que también venden basura al igual que las barrenderas nocturnas.

De las mujeres que barren de noche, hay quien no participa de este negocio. Tomar la basura y llevársela no es fácil. Porque el supervisor revisa los uniformes y las bolsas. Que el uniforme no tenga bultos. Que las bolsas vayan ligeras. “A veces se puede. Basta un buen acuerdo. Además, la basura es de todos, ¿o no?”, exclama Griselda.

Hay quien no quiere. Por ejemplo, María Félix, quien proviene de Hidalgo. Para ella, el gran desafío de la noche es vencer al cansancio.

Del homónimo que guarda con la actriz del cine nacional, dice: “Sí, me han dicho que yo tengo el nombre de alguien muy bonito. Pero sólo me lo han dicho. Yo no sé bien quién era”.

Sigue bebiendo el frasco de Coca-Cola de 600 mililitros con un par de aspirinas. Vuelve a decir que confía en que eso hará que el sueño no la venza en su segundo turno laboral, el que concluirá cuando amanezca.

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