Ley que regula antros "oscurece" con la noche

(Foto: Tanya Guerrero/EL UNIVERSAL)
rafael.montes@eluniversal.com.mx
Al final de la escalera, el bochorno de una noche que está por terminar se impregna en los poros de la piel, el estruendo de la música revela que a media madrugada, la fiesta está viva.
El humo artificial se esparce por la pista de baile y entre las mesas. Un mesero recibe sonriente a los clientes. Son las tres de la mañana. Las puertas del establecimiento y la venta de bebidas alcohólicas sigue abierta. Es la Zona Rosa. En el bar Las Yardas exigen consumo mínimo, o de lo contrario, se cobrarán 90 pesos a quien no pida al menos una bebida. La ley prohíbe esa y muchas otras situaciones.
Pero en la ciudad, la Ley de Establecimientos Mercantiles del DF es algo de lo que se habla sólo durante el día.
La vida nocturna establece sus propios ritmos, sus códigos para funcionar según la clientela, según los gustos y según las ganas de diversión de los capitalinos. No se necesita hacer trámites para ampliar los horarios.
Cerca de las 4:30 de la mañana, los últimos clientes salen de aquel bar de la Zona Rosa. Según la ley, el servicio debió haber terminado a las 3, pero no fue así. No se ofreció servicio de taxi, no se aplicó prueba de alcoholímetro, ni siquiera pidieron el pase de salida y no entregaron nota de consumo.
Afuera, en las penumbras de la madrugada, hombres de traje oscuro se acercaron a los clientes. Ofrecieron seguir la juerga. “Éste cierra a las 10 de la mañana”, comentó uno de ellos.
La entrada al cantabar Laralá es reducida. Un hombre fornido controla el acceso. Ese bar está junto al siempre concurrido La Chavela, sobre Insurgentes Sur, cerca del cruce con Río Mixcoac. La Chavela está clausurado. La delegación Benito Juárez lo cerró el jueves. Se nota la ausencia de su algarabía. Faltan los seudocantantes.
En el Laralá, el local es un laberinto. Escaleras por aquí, otras por allá. No hay salida de emergencia. No hay arcos detectores de metales. El guardia revisa mochilas, bolsas y tantea simuladamente a los clientes para revisar si no portan armas. Sí hay cámaras de seguridad y vigilantes infiltrados entre los clientes. Pasada la medianoche, el sitio ya está a reventar.
No hay espacio para bailar. La salida se complica. Se empujan mutuamente unos a otros. Las mesas, instaladas en el paso principal, obstaculizan el movimiento de nuevos clientes y de los meseros. No ofrecieron servicio de taxi. Pasaban las 2:30 de la mañana y no se limitó la venta de bebidas alcohólicas. El servicio seguía.
A dos locales de allí, sobre Insurgentes Sur, funciona una cafetería donde se toca música de trova. El local es la parte baja de un edificio de departamentos donde la madrugada es ruidosa.
En la esquina de avenida Revolución y De La Paz, en San Ángel, un antro funciona sin mucha publicidad en su exterior. El nombre es confuso. La entrada es estrecha. El fondo del pasillo es blanco. Conforme se avanza, se escucha el bullicio. El cadenero estaba acompañado de un menor de edad. Sólo dijeron “buenas noches” y dejaron pasar a los clientes. Los observaron de pies a cabeza, pero no los tocaron para revisar si portaban algún tipo de arma.
Con un botiquín en la barra simula haber medidas de prevención, pero la venta de alcohol está amañada.
La cerveza está rebajada. Nunca se muestran las botellas de las que proviene. Cuando se pide una, se sirve en un vaso de unicel lleno de espuma. El resto, lo que queda de cerveza.
Pero las botellas las destapan en privado. El barman toma una botella de marca reconocida. Ingresa a un cuarto alterno y sale con la botella ya destapada. Cuando se vacía, la regresa a ese mismo cuarto. La oscuridad, el humo de los cigarros y las luces distraen la clientela. No hay salidas de emergencia, croquis del local o arcos detectores de metales. Todo eso que la ley establece, en la realidad no existe. La ley es un tema que al caer la noche, desaparece.


























































