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Une Metrobús a vecinos de la Narvarte

Habitantes de la colonia no se conocían hasta antes de que iniciaran las protestas, a pesar de vivir ahí desde hace 20 años
El martes, la presión de 600 policías y de las máquinas doblegó el plantón
Foto:Archivo/El Universal
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Rafael Montes
30 de diciembre 2010

Mireya y Andrea se conocieron una tarde de diciembre en medio de la preocupación por lo que iba a pasar en la avenida Diagonal de San Antonio, en la colonia Narvarte. La noche anterior, trabajadores de la obra de la Línea 3 del Metrobús colocaron bloques de plástico para delimitar la zona donde empezarían a adaptar el suelo para el retorno de autobuses.

Los habitantes de la Narvarte Poniente se espantaron. Junto con otros vecinos, Mireya Salas y Andrea Martínez —una, abogada y la otra, comunicóloga— decidieron protestar e instalar un plantón. Ellas, como otros colonos, no se conocían hasta entonces, a pesar de vivir ahí desde hace 20 años.

“Vivo sobre Diagonal de San Antonio, tengo las máquinas en la oreja. Lo único que hice fue salir a defender mi casa”, argumenta Mireya Salas.

El martes, la presión de 600 policías y de las máquinas doblegó el plantón.

No somos líderes, ni activistas sociales, aseguran las dos en entrevista, a un día del abrupto final de su protesta. Más tranquilas, pero no conformes, explican su experiencia de organizarse hasta con cien vecinos para defenderse de la irrupción del Metrobús.

“Estábamos como gallinita sin cabeza. No nos esperábamos algo así. Ninguna de nosotras es activista social. Nunca me había involucrado en un movimiento de este tipo y, de pronto, estábamos ahí”, recuerda Andrea.

En la inercia del movimiento, como ellas lo describen, se convirtieron en las voceras de los inconformes.

“Nosotras confiamos en nuestros vecinos, ellos confiaban en nosotras”. Que ellas hayan sido las que dieron la cara ante la prensa “fue sólo por cuestión de orden, para ordenar lo que estaba pasando y, buscando las atribuciones de cada vecino, fuimos asumiendo distintos roles”, explica Salas.

“Pero el movimiento es de todos los vecinos, de verdad, tenemos unos vecinos maravillosos... por eso no puedes decir que hay líderes, todos eran fundamentales”, agrega la abogada.

Ambas reconocen que nunca habían sentido ese empoderamiento de un ciudadano que se une con otros para alzar la voz. “Por un lado, sí te da temor, pero no podemos quedarnos callados, es parte importante de la lección. Como ciudadanos, nos acostumbramos a que se abuse de nuestros derechos, pero no hacemos nada”, reclama Andrea.

A ella, su participación en la protesta le dejó una satisfacción: “saber que los vecinos cuando nos organizamos y nos conocemos podemos, incluso, procurarnos más seguridad... y eso debería multiplicarse y volver a recuperar el sentido de comunidad”.

Lo más fácil en los 21 días de resistencia fue conectarse con sus vecinos. “Coincidir en que somos personas, merecemos respeto, merecemos una vida digna porque somos gente buena, trabajadora, responsable, que paga impuestos”, describe Mireya.

Pero lo más complicado fueron diversos instantes. “Los escenarios se van presentando cada dos segundos”.

Para Andrea, “lo más difícil fue la entrada de los granaderos, lo más doloroso. Fue terrible sentir la impotencia, ver a las viejitas que levantaban los bastones para defenderse.

“Cuando te encuentras rodeado por estos señores, con todo el despliegue de la prepotencia, con los escudos y se te quedan viendo con cara de ‘me vale madres, si te pones en frente, te voy a quitar’, es una sensación de impotencia terrible”, rememora la joven de 31 años.

La otra parte más difícil, agrega, “ha sido dar la explicación de por qué nos quitamos... Es durísimo, porque como líder o no líder, como cara pública que fuiste, los vecinos confían en ti. A lo mejor hubiéramos ganado si hubiéramos hecho las cosas de otra manera, pero creemos que no, porque la orden venía desde arriba”, dice.

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