Adolescentes: de los trancazos a las armas

Niños de apenas 14 años disputan su territorio de forma más violenta en busca de superioridad. No cualquier intruso puede entrar en las zonas que dominan, donde es notorio el consumo y venta de drogas
Los jóvenes viven en colonias consideradas de desarrollo social bajo según datos del Sistema de Información de Desarrollo Social
(Foto: El Universal)
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Víctor Adrián Espinosa
08:43
27 de junio 2012

Para aprender a sobrevivir a la ciudad, lo hacen en pandilla. Son todos niños y jóvenes en busca de oportunidades. Lo cuentan ellos mismos en el corazón de sus barrios, en la delegación Álvaro Obregón.

EL UNIVERSAL habló con ellos en Jalalpa-Tepito, La Araña, El Cuervo, Barrio Norte y El Corazón, considerados zonas con un grado de desarrollo social bajo por el Sistema de Información de Desarrollo Social del DF (Sideso).

Tatuado a los 14

Pepe presume su tatuaje, con un entusiasmo que le abrillanta su piel morena. Ahí, el flaquito de cabellos alborotados, resume su vida de apenas 14 años: abandonó la primaria y, desde entonces, se ganó la etiqueta de “desempleado”. Gasta sus noches en bailes de reggaeton y con su otra familia, como le gusta llamarle a la pandilla Casitas.

“Tengo mi nombre dibujado en la pierna. Mi madre, pues, me dijo que sí. Que ya me había tardado”, dice a la entrada de su hogar, una barranca en la delegación Álvaro Obregón, antes de bajar al llamado Corazón, zona que a primera vista es un laberinto de callejuelas grises.

Al descender la barranca se percibe un aire tibio que arrastra por igual basura que nubes. Juan Carlos y Eduardo, amigos de Pepe, bajan; los olores a tierra seca se combinan con los orines, tabaco, basura y tiner.

No se ven pared sin cuarteadura ni ventana con los vidrios completos, entre las numerosas, estrechas y oscuras viviendas. “Por eso nos apodan Casitas”, dice alegre uno de los niños, al señalar con su dedo una vivienda que usa cobijas rotas como muros.

“En el día, subir y bajar costales de cemento, de arena, montones de ladrillo. Salario mínimo. Más de la mitad de la pandilla trabaja en la obra; somos, creo, 30”, exclama sobre el trabajo diario Juan Carlos, de 18 años, flaco, con unas ojeras negras que lo hacen verse muy mayor.

Eduardo es el único que todavía estudia. A Pepe no lo aceptan todavía en la obra; se ve bien chiquito, dice. “El pobre se las ve duras sin la morralla”.

Riñen por cancha

La puesta del sol deja ver una carretera al final de la barranca; después, una cancha de fútbol. Se escuchan gritos lejanos y disparos aislados.

La cancha, que fue construida por las autoridades, es disputada ahora por tres pandillas de los barrios Panteón Jardín, Batang y El Molinito. “Ahorita ya no podemos bajar ni nada porque ellos te sacan el arma. Y ahorita es puro fuete”, dice Carlos, en tono de advertencia. Los chavos tienen que jugar futbol en un cuadro de concreto, sin árboles ni juegos. Piden una cancha de futbol, libre.

“Por Chucho que si pisan ahí... Y tú, óyelo bien chamaco, si bajas con estos, a todos me los madreo”, es la amenaza que Pepe escucha de su madre. No es la primera vez; triste, no olvida el dolor de los golpes y el miedo a los gritos por haber desobedecido. “Sí queremos bajar allá, pa´jugar fucho, no´mas pa´eso mi chavo, pero como nosotros somos de otra banda, nos madrean. Así pues hasta la carretera, ahí no´más”, cuentan.

Un silencio corto. Eduardo agarra unas piedritas del suelo y las lanza rumbo a la cancha. Unos perros interrumpen con ladridos incontenibles, lejanos.

La radio suena a mitad de la calle con canciones de Wisin & Yandel, un dúo de reggaeton. Hay un mural con imágenes de Cristo y las vírgenes de Guadalupe y San Juan de los Lagos, al lado está un nicho con la figura de San Judas Tadeo. Vecinos lo tocan, se santiguan y dan media vuelta. Otros escuchan la plática en el barrio de El Cuervo”.

“Aquí te llegan con balas de verdad”

El peligro forma parte de la vida de El Caserío, el nombre que firma el mural y con el que han apodado los chicos a la pandilla de este barrio.

Tomaron el alias de la película “Talento del Barrio”, de Daddy Yankee, uno de sus ídolos musicales.

“Es para hacernos respetar. ¡Aquí te llegan con balas de verdad! Y si nos buscan, nos encuentras. Por eso cada año pintamos el muro, para que nos cuiden los santitos”, dice emocionado uno de los jóvenes de la banda.

Un hombre vigila, desde un balcón, la plática de los jóvenes. Los chicos lo esperan ansiosos. Saluda con un “A ver, ¿qué pasa?”. Todos callan.

“Antes eran más mayores. Ahorita estamos entre 15 y 16 años, y somos como 50”, afirma quien revela, sin decir su nombre, ser líder de esta pandilla, de 30 años de edad.

“Bueno, son otras épocas. Cada generación va aportando lo suyo a la banda. A estos les faltan más huevos”, dice.

Uno de los guías comenta que algunos de los jóvenes de la banda El Cuervo ganaron la fama entre los vecinos por el robo de cables de cobre. “Lo que ganan, lo gastan en la fiesta”.

Robaban hasta los mecate

Don Faustino, un anciano corpulento, de espalda ancha, manos nudosas y ásperas, fundador de la colonia Barrio Norte, platica que cuando llegó, en 1942, tuvo que hacerlo en una cueva de las barrancas.

“Se calmaron las pandillas, ahora son grupitos de chavitos, ya no bandotas... En los 60, dejabas tu ropa tendida y al otro día ya no aparecían ni los mecates. No dormías por estar cuidando la casa”, señala el anciano.

Unos de los callejones de Barrio Norte, donde opera la pandilla de El Corral, es un lugar considerado como un punto rojo de narcomenudeo.

“Pues es que mira... aquí en Jalalpa Tepito, pues, está difícil porque...”, dice uno de los más de 20 adolescentes reunidos en una plazuela. Todos se debaten entre la timidez, las risas, el miedo y los flashes de la cámara.

“Nel, no es así. Dicen, es que Jalalpa, bajar acá, es la muerte. Le tienen miedo porque es un barrio pesado, pero depende de cómo lo veas: si andas normal, no te van a chacalear”, interrumpe una joven con brillitos en el rostro. Esperan a otros 50 para irse de fiesta, la cita se dio a través de las redes sociales. La banda es de diferentes barrios como Santa Fe (La Dura, aclaran), El Cuervo, La Araña.

Unas calles adelante, Melquiades cuenta que las pandillas aún existen en esos barrios de la delegación Álvaro Obregón. “Antes era de trancazos, ahora es de armas”, dice antes de recordar que él les enseñaba box para que entre los pandilleros se pelearan a puño limpio.

“Soy entrenador profesional de box. Había antes como 10 bandas aquí y les ganaban a todas las de afuera. Ahora hay pocas y muy malas, cada vez son más chavitos y de puro vicio... Los chavitos pagan más caro que antes el impuesto a la ingenuidad”, confiesa.

Sus sueños lo persiguen

“Sueño mucho con un momento. Sueños feos. Lo peor son las madrugadas porque me entran una especie, tú sabes, ansias”, cuenta Toño, de 27 años, recargado sobre una pared de ladrillos grises. Temeroso, se revela como ex pandillero de “Casitas”. Estás en el “Callejón del Beso”, un pasaje oscuro donde sólo caben una, dos personas a la vez, de esos que abundan en El Corazón.

“¿Y qué sueñas?”, se le cuestiona. “Que le cuento todo a mi tiernito, lo del reclusorio por pandillerismo. Los cuatro meses ahí dentro. Y él me da la espalda”. Tres hombres que lo rodean, sus amigos, miran la escena con una risa lejana, maliciosa. Sonrisas chimuelas, tufo alcohólico. En Toño, desaliento.

Entre los espacios de las casas se asoman las torres de Santa Fe. Aquí dicen que “con ellos” los divide un montón de nada. “Vemos el mismo cielo, sentimos el mismo clima, pero todo es distinto porque ellos viven en lo limpio y bonito; nosotros, sumidos en la barranca”.

De vuelta con Toño. Su camiseta, sin mangas, descubre en sus brazos tatuajes del diablo y la Santa Muerte. Rapado, trabaja de albañil. Tan áspero como su voz es el ruido de la escoba que alguien, a lo lejos, frota contra el piso de cemento.

“No, no hay pandillas. O bueno, ya no como antes. Desde chavitos, desde la escuela, nos metemos en esto. Las peleas de hoy se dan porque los chavitos de abajo, los perros, se quieren sentir superiores. Usan armas cuando se trata. Si vas a hacer violencia, eso encuentras”, revela.

“¿Qué tienes más presente de tu vida en la pandilla?”, pregunta el reportero. “Las guerras. Usábamos cadenas, activo. Probé de todo. Una vez me pegaron con diurex varios cohetes en la frente y los prendieron. Tuve que aguantar, a lo machín. Pero ya dejé eso. Ya casi tengo media edad, lo que es”, ríe. “Soy realista”.

Una angustia antigua, supuestamente olvidada, crece en el pecho de Toño. Se mete las manos a los bolsillos del pantalón. Las saca y cruza los brazos. “Ahorita, mis pequeños están tiernitos para mí, de 4 y 5 años, yo tampoco puedo decirles que el día que tengan así 17, 18, que lleguen así tomados, como decirles que no”, enmudece, así permanece algunos segundos y dice: “Yo tampoco soy un buen ejemplo”. Hay temblor de llanto y rabia.

“Para mis hijos tengo más a futuro, quisiera que fueran superiores a mí. Que estudiaran hasta donde yo no pude. Echarles la mano. No quiero que mis hijos sean como yo. Quiero que digan: “¡Gracias a mi jefe lo logré bien cabrón!”.

“¿Y se puede salir de aquí, triunfar allá?”, se le cuestiona. Dos, tres lágrimas humedecen las cicatrices de Toño. “Yo digo que sí”, responde.

Regresan al activos

Karina tiene 15 años, acaba de salir de rehabilitación y habita en el barrio La Araña, bajo el cierre de su sudadera rosa, esconde la lata de activo.

Ella acompaña a su amigo Celestino, de 18 años de edad, quien platica con cierto fastidio: “Iba a la escuela, pero ya mejor le llegué a la obra. Me expulsaron de la secu. Acá no hay bandas, somos amigos nada más. Nos reunimos hasta 50, a veces, por pura fiesta”.

Pedro, moreno, de 32 años y ex pandillero de La Araña, cuenta que los chavitos de 15, 16, son los nuevos pandilleros. “Los veo hasta con pistola robando microbuses y se lucen en la colonia. Preocupa porque desde los 11, 12 y 13 años empiezan a preguntarse a qué sabrá esto. No hay algo más amargo”. El Pellos estuvo en el reclusorio cuatro veces, ahora tiene a su cargo un anexo contra adicciones.

Silbidos, gritos y hasta campanadas, son lo que alertan a las pandillas sobre emergencias o intrusos en El Corral, de Barrio Norte. A algunas otras pandillas como El Cuervo se les conoce por sus relaciones con el narcomenudeo y “son muy violentas”.

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